martes, 9 de diciembre de 2008

¿Qué hay ahí afuera? ¿Qué veo rodeándome?

Por Mariano Quiroga


Podría hablar de la conspiranoia que nos persigue, que me hace ver fantasmas de mentiras, secretos, mensajes ocultos, rarezas. Conclusiones inexplicables para un pensamiento unilineal, pero que tienen una complexión de mirada amplia, alejada, que a vista de pájaro es capaz de unir situaciones alejadas y dotarlas de la unidad necesaria para tener una comprensión cabal de los acontecimientos.

Pero eso solo explica una parte de las cosas. Porque si bien los conspiradores nos quieren hacer creer que no hay tal conspiración, a su vez nos venden que su plan es invencible e imposible de detener, aún contra su voluntad.

Su discurso es parte importante de la conspiración, por eso en los últimos 30 años su plan ha sido poseer todos los medios de difusión masivos a su alcance y proyectar desde sus pantallas, impresiones y frecuencias radiofónicas su mensaje totalizador. Que es, además, un mensaje multiforme para dar imagen de democracia, de libertad. Pero que es, en esencia, una diatriba amoral que propugna los valores más viles jamás presentados a tantos millones de seres en la historia.

Se ha vendido como pan una falacia basada y sostenida en la desazón, en la cerrazón de futuro, en el hundimiento del espíritu, en la separación de las personas. Se han separado hasta los seres queridos, se han distanciado y el abismo que rodea a cada individuo pareciera insalvable, imposible de superar.

Eso no es todo lo que veo ahí afuera. Pero sobre todo eso no es lo que veo ahí adentro. Adentro tuyo, adentro de él, de aquellos que están tan lejos y de esos otros de allá.

Viendo adentro, de uno mismo sobre todo, el paisaje cambia.

Porque ese discurso que provoca desazón, tristeza y que nos mantenía silenciosos y aislados, ya no resuena. Se oye como un eco lejano, como un sonido de otro tiempo. Algo caduco, anacrónico a estos tiempos.

Y esa escala de valores que se compró en un momento, hoy se cuestiona, despierta dudas, indigna, repele.

No se pueden seguir sosteniendo las mentiras que antes parecían incuestionables. La gente, en su interior, quiere verdad. No sabemos ni dónde ni cómo buscarla, pero estamos demoliendo ese muro que nos separaba y con esas piedras empezamos a construir un puente que nos permite superar el abismo.

Se abre así la posibilidad de la comunicación de corazón a corazón, que es la mayor de las revoluciones, la más grande rebeldía contra este sistema tiránico de la competitividad y el cautiverio de nuestras potencialidades.

Porque si nuestro poder se desarrolla y se desata, los cambios se convierten en posibles y nuestras posibilidades se multiplican, en cuanto rescatamos nuestra diversidad cultural para enfrentar el discurso homogeneizante y Mcdonalizador la cosa cambia.

Y así, rescatando cada uno de donde viene, abrevando de nuestros orígenes podemos dar ese salto sobre el abismo de la incomunicación y la violencia.

De esa índole son las señales que veo escribirse en estos tiempos. En los jóvenes y su ansia de diferenciarse de este mundo que le dejan sus antecesores inmediatos, en los pueblos que han castigado en las urnas a los descorazonadores y manipulantes de un cuento de modernidad y crecimiento perpetuo que nos han asfixiado y dejado en situación de debilidad ecológica.

No hemos llegado al otro lado del abismo, no hemos sobrepasado sus profundidades, pero sí estamos empezando a construir los puentes, a crear las condiciones de poder emprender esa marcha. Ya no vemos la otra orilla como un peligro, si no como un punto de posible unión.

Ese despertar de consciencia, es generada por un vacío. Cuando uno deshecha los antivalores deja un hueco. Esa sensación de ausencia nos desespera, uno no sabe cuánto tiempo puede resistir en el vacío. Pero esa desesperación esperanzadora nos da la posibilidad de completar ese hueco con lo que queramos. Tenemos que estar atentos para no llenarlo de basura, de intolerancia, de diferenciación, de culpabilizaciones.

Ese vacío nos abre la posibilidad de arriesgar, de aprender, de jugar. Así que arriesguemos, aprendamos, juguemos, seamos humanos y no máquinas de trabajar, de producir, de consumir. Podemos convertirnos en verdaderos humanos, despellejarnos del mundo de las mentiras y el sinsentido y dotar a nuestra alma de espíritu humano, de aquel ser humano que cuando ve el fuego no huye como un animal, sino que lo enfrenta y lo doma. De ese humano que no nació para morir, ni nació para ser sufriente.

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