Ayer tuve la suerte de disfrutar de una digna discusión con amigos queridos. Pudimos intercambiar puntos de vista y analizar cómo esos puntos de vista se reflejan en nuestros actos y condicionan nuestras vidas. Abriendo o cerrando posibilidades. Entendiendo o confundiendo nuestros destinos.
¡Qué interesante es ir descifrando, a medida que uno se expresa, cuáles son las verdaderas convicciones que a uno lo mueven!
Aprendí mucho, sentí que crecía en esa charla, con avances y retrocesos, aciertos y errores. Pero construyendo con intentos lo que quiero que sea la relación con la gente que aprecio.
Y me vienen a la mente frases pronunciadas ayer. Y tengo la tentación de intentar reproducir nuestros discursos. Pero creo que más importante que las palabras, por muy inspiradas que puedan parecer en determinados momentos, son los sentimientos. Las sensaciones que fuimos viviendo en ese tobogán de comunicación.
Es obvio que puedo hablar de mí, si bien dijimos cosas sobre nosotros, no es lógico que yo describa como se sintió el otro.
Así que intentaré desbrozar unas ideas sobre cómo me sentí yo, qué experimenté. No desde las ideas, sino desde el corazón.
Sentí hastío, animadversión, fastidio por tantas circunstancias adversas. Por tanta elucubración dañina, tanta gente buscando el mal ajeno. Y me reconocía en los crápulas, en los pérfidos, en los inhumanos. Sentía además del citado fastidio, un profundo asco. Asco por la dejadez, por la sumisión, por la mezquindad, por la decrepitud, por sentirse a expensas de los jodidos corruptos.
Un sentimiento grotesco, primal, pero por el que no estaba dispuesto a ser tragado. No quería sumergirme en el desasociego.
Y tenía frente a mí gente querida con la suficiente lucidez para despegarme del cuero los sinsabores y las flaquezas de espíritu.
¿Qué era lo que tenía sentido? ¿Para qué soportar todo esto? ¿Qué hay más allá de la desazón?
Y entonces me di cuenta que hay otros componentes. Otra compositiva orgánica. Que existían sentimientos acerados en mi interior. La porfía de la especie. El instinto de supervivencia que brotaba. Un calor que se sentía en la palma de las manos y a la altura del pecho. Una extraña vibración que me impulsaba a saltar por sobre el vacío existencial. La vida es ese turbulento viaje como de montaña rusa, pasando por los estados internos del alma a toda velocidad y sin final.
Digo sentimientos acerados por dos atributos del acero: la fortaleza inmutable y el brillo.
Y así descubría cómo ese fuego interno tenía que ver con el hombre primigenio. Con el que se atrevió a dar un paso al frente y descubrir que era posible transportar una brasa. Que compartió ese calor en la cueva, que se ha ido sucediendo en la historia a cada paso, haciendo la vida humana más poderosa. Se sucedían las imágenes en mi cabeza, los avances tecnológicos, pero sobre todo me venían a la cabeza personajes que dieron al mundo sus creaciones, sus esfuerzos, sus creencias.
Y yo también reconocía en mí ese fuego sagrado. Esa succión hacia el futuro luminoso del hombre. Hablo de succión como de impulso, de algo que nos lanza a pasar por encima de nuestros egoísmos y urgencias. Nos hace descubrir la verdadera matemáticas interna: que dice que dar es vivir y no dar es morir. Así de drástico. La vida se da o se quita. En cada elección uno mata o da vida. Es bueno tener eso claro. Cuando uno decide no saludar a alguien lo está matando para sí. Le estás quitando la opción de SER en tu vida.
Pero tampoco quiero distraerme en cuestiones de psicología existencial profunda.
Lo que viví ayer fue un mano a mano con la vida, con los seres amados. Fue reconocer en mí lo hijoputezco y lo inmortal. Y elegir en consecuencia. Aprender a elegir en consecuencia. Descubrir que cada elección está sistemáticamente compensada con mis pensamientos, con mis sentimientos y con mis actos. Y poder unir en coherencia esas tres fórmulas era la aspiración.
No es la felicidad el resultado, sino la búsqueda. No quiero el ideal, quiero amar la búsqueda de ese ideal. Y para eso debo reconciliarme con la vida.
Un abrazo a todos.
¡Paz, fuerza y alegría!
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