Te perdono por toda la tristeza, la falta de compromiso y la falsedad. Perdono tu sumisión, tus dudas; por tantos caprichos y la desazón. Perdono que me hayas machacado, que te burlaras de mí y me hicieras sentir como un tonto.
Perdono que no tuvieras paciencia, que no supieras entender. Perdono que me dejaras en evidencia, que me delataras, que te inventaras una historia contra mí.
Perdono que me mintieras o que lo hayas hecho con mis seres queridos. Perdono las carencias, la falta de brillo, que me amenazaras y tu falta de fe.
Perdono que me insultaras, que me gritaras, que me aborrecieses y me pegaras también. Perdono tu silencio cómplice, tu acusación, tus delitos y que se enfriara el té.
Perdono tu falta, lo que te llegué a añorar.
Perdono el infortunio, la ira, la pérdida, la corazón. Perdono las injusticias, el agobio, la no contención.
Perdono que te rieras, que no te gustase, que fueras feliz. Perdono tus tiempos, tus formas, el color de tus ojos y el no saberme decir.
Me perdono no haber hecho lo que quería, lo que debía o lo que sentí. Me perdono mis vergüenzas, mis atenazados músculos, el miedo y el terror. Me perdono la lengua venenosa, el orgullo rancio y la envidia cruel.
Me perdono el pesimismo, las angustias, el no saber qué hacer. Los estados alterados, el mutis, los sonrojos.
Me perdono la falta de escrúpulos, de principios o de huevos para no temer.
Me perdono el egoísmo, la falta de cariño y el volverlo a hacer. Me perdono, eso es todo, sacudiéndome miedos y queriendo aprender, a sentir, a palpitar, a decirte te quiero.
Me perdono y te perdono, me libro del encono y me pongo a andar.
Caminante no hay camino, se hace camino al amar
la realidad que construyes
Mariano Quiroga, luego de participar de una Jornada de Reflexión sobre la Reconciliación
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